A un millón de millas de distancia

Viajemos, por un momento, a los primeros años de la vida de Rory Gallagher. Nace en la localidad de Ballyshannon, en Donegal, uno de los tres condados del Ulster que permanecieron en la República de Irlanda. Pronto viajan, él y sus padres, al otro lado de la frontera, Irlanda del Norte, donde se establecen en la ciudad de Derry, donde nacerá su hermano Dónal.
Su vida no es idílica, ni su familia modélica. El dinero no abunda. Además, su padre, Daniel, es alcohólico. A principios de los años 50, su madre, Mónica, no aguanta más. Coge a sus hijos, Rory y Dónal, y viaja desde Derry hasta Cork, en el sur de la República de Irlanda, abandonando a su marido. Sus padres, los abuelos de Rory, tienen allí una taberna, y será donde vivan los siguientes años.
Daniel Gallagher acaba viviendo en las calles. Se dice que de aquí viene la costumbre de Rory, que cada vez que sale del hotel en el que se aloja antes de cada actuación, reparte monedas entre todos los músicos callejeros que se encuentre en su camino.
Desde niño, como he dicho antes, su gran pasión es la música, que comparte con sus padres. Es lo único que consigue mantener a raya su carácter depresivo. A los 5 años se construye una guitarra con una caja redonda de queso, una regla como mástil y unas gomas como cuerdas.
Para mí, es el mejor guitarrista de la historia del Rock, como también lo era para Jimi Hendrix 20 años atrás, cuando Rory contaba con poco más de 20. Lo tenía todo para ser una Estrella, con mayúsculas, midiéndose en igualdad de condiciones con Led Zeppelin, Queen, U2, que, por otra parte, admiraban su música. Hizo todo lo posible por evitarlo. Solo le importaba Su Música. Siempre será un artista de culto. Con seguidores incondicionales.
Durante su brillante carrera musical, despachó más de 20 millones de copias. Hoy, cuando apenas se venden discos, puede parecer un número muy elevado, pero los grandes grupos de esta época, los años 70, despachaban el doble de esa cantidad, y de un solo elepé.
Se negó a publicar sencillos, a las producciones de estudio exageradas, que consideraba innecesarias, las grandes campañas publicitarias y las portadas en las revistas. La fama y las modas no iban con él. Su carácter introvertido, humilde, educado, era lo contrario de lo que se esperaba de una Estrella de Rock.
Nunca se casó ni formó una familia. En su juventud tuvo un desengaño amoroso que le marcó de forma muy profunda. Estaba en contra de las drogas, y no toleraba su consumo a los músicos de su banda. Claro, que no contaba como drogas el alcohol y los medicamentos. Su vida, desde muy pronto, estuvo en la carretera.
No fue un hombre tendente al exceso, salvo en el caso de la música. En los miles de conciertos que dio a lo largo de sus 47 años de vida, no hay constancia de que se subiera al escenario, una sola vez, borracho.
Rory Gallagher era un conjunto de paradojas sin posible solución. “No me reconozco ahí arriba”, decía. “Si estuviera tan loco fuera del escenario como lo estoy sobre él, me encerrarían”. Sin embargo, fuera de los focos, le gustaba estar solo y pasear a la vez. No hablaba de mujeres, ni de fútbol, ni siquiera de alcohol. Solo MÚSICA. A Mónica, su madre, le compró una casa enorme en Cork, pero él vivía en un pequeño apartamento, y en los últimos tiempos, en una habitación de hotel.
Y ahora, regresemos a esos últimos tiempos, en concreto, al 1 de mayo de 1990. Por desgracia, esta será la fecha en la que Rory verá publicado su último disco de estudio.
Tras 25 giras por los Estados Unidos, el señor Gallagher ha desarrollado aerofobia, un terror extremo a volar. Para sobrellevarlo, un médico le receta un potente calmante. Y el músico, que siempre ha estado en contra de las drogas, y que no permite que nadie de su grupo las tome, pasará a ser un adicto a las pastillas.
Rory comienza a engordar y a hincharse. Las pastillas le producen somnolencia. El torrente de energía con el que antes salía al escenario parece haber desaparecido. Para evitar quedarse dormido, tiene que acudir a los pelotazos de whiskey y coñac. Todo va bien durante los primeros minutos, pero luego el alcohol potencia el efecto de las pastillas. Ha envejecido de forma notable y prematura. Llega a adoptar poses imposibles para disimular su papada en las fotografías.
Cuando le preguntan, Rory responde, encogiéndose de hombros: El blues es malo para la vida. Es muy consciente de lo que significa ser un bluesman. Dice que, si de algo se siente orgulloso, es haber hecho evolucionar al blues, eliminando la misoginia de sus letras. Y lo dice en una época en la que no sirve para colgarse medallas de ningún tipo.
Los periodistas, que parecían haberse olvidado de él, ahora se ensañan con su cambio físico. Lo que es algo muy injusto. Siempre ha tenido clara una cosa: “Soy un músico, no me arrastro ante la prensa, ni necesito trucos para que se acuerden de mí”. Pero pese a estas palabras, nunca tendrá desplantes con periodistas, sin importarle la importancia del medio al que se dirija, y agradece el interés por su trabajo.
En los cinco últimos años de su vida no vuelve a entrar en un estudio de grabación. Ya que no tiene el apoyo de discográfica alguna, el proceso de creación de un disco, ocupándose él de todo, se le hace cuesta arriba. Pero no deja de dar conciertos, recorriendo toda Europa, incluso la del Este, tras el Telón de Acero. En 1992, dice: “No creo que exista otro músico que haya girado más que yo en estos últimos veinte años”.
Ahora es hipocondriaco y sufre ataques de ansiedad. Su hermano Dónal, una vez que entra en su apartamento de Londres, cuando Rory no está, se encuentra una caja de zapatos llena de pastillas. Se da cuenta de que algo no va bien. Rory no cuenta sus problemas. Su hermano dice, años después, que el músico sufre algún tipo de autismo, dada su concentración absoluta en la música, y al hecho de que jamás podrá tener una conversación seria con él.
En las letras de sus once álbumes en solitario, cualquier psiquiatra encontraría síntomas de una depresión severa. He escogido, para titular esta última entrada, la canción A millions miles away, de su disco de 1973, Tattoo. Su sensación de estar fuera de este mundo. Habla de gente riéndose, drogándose, pero él está muy lejos de ellos. Pide auxilio en estas letras, confiesa que no puede dormir por las noches, el éxito no le hace feliz, siente angustia…
El hombre capaz de alegrar la vida de miles de personas estando sobre un escenario, vive toda su vida como un solitario, acorralado por la depresión, mucho más en sus últimos días, encerrado sin ver a nadie en su habitación de hotel, en Londres. Un caballero romántico del siglo XIX.
Tiene un registro limitado como cantante. Lo compensa con energía, emotividad y afinación. Nunca tratará de ser más suave, o comercial, como tantos otros. Ejerce un control férreo sobre su música, al contrario que pasa con el dinero, por el que muestra un desinterés absoluto. Es un trabajador incansable, compulsivo. Ofrece hasta dos actuaciones por noche, de más tres horas cada una de ellas. Cuando se sube al escenario se transforma de una forma casi mágica. De hombre tímido y educado a animal salvaje e incontrolable.
Adora la música tradicional estadounidense, el rock and roll, el country, y sobre todo el blues, pero el folclore irlandés se mezcla en su obra de forma natural.
Toca su desvencijada Fender Stratocaster, que lo ha acompañado desde 1963, y que estará sobre una silla, en su mismo lecho de muerte, el 14 de junio de 1995, junto a una carta de Bob Dylan, en la que le desea una pronta recuperación que nunca llegará. La toca hasta desfallecer, de forma literal.
En enero de 1995, en Ámsterdam, cae sin conocimiento sobre el escenario, lo que le hace cancelar su gira europea. Le ingresan en Londres con insuficiencia hepática. Tras un trasplante de hígado exitoso, contrae una infección por estafilococos, que será la causa última de su muerte. Pese a que siempre se ha afirmado que es un alcohólico, la cirrosis en su hígado no se debe al alcohol, que sin duda consumía en abundancia, sobre todo en los últimos cinco años, sino al exceso de medicamentos.
Miles de personas se alineaban en las calles de Cork el día de su entierro.
Influyó en los artistas más importantes de su época, en muchas ocasiones, bastante menos dotados de talento que él. Admiraban su técnica y virtuosismo autodidacta. Brian May, de Queen, The edge, de U2, o Slash, de Guns and roses, pese a ser muy superiores a Rory a nivel comercial, lo idolatran como músico, faceta en la que los sobrepasa, según mi opinión, con creces. En España, con Rosendo en cabeza, es innegable su influencia en el llamado rock urbano, tanto en lo musical, como en su actitud de Forajido.
Tras su muerte han seguido apareciendo discos con su nombre en la portada, como el que recoge sus numerosas actuaciones en la BBC inglesa, y que siguen dando fe de su genialidad. En Irlanda, donde es un Héroe Nacional, abundan las calles, plazas y edificios con su nombre, como en la de la fotografía que encabeza esta entrada, en Dublín. Incluso lo lleva una avenida de un barrio de París. Su vieja Fender desconchada fue adquirida por un admirador por más de un millón de euros, y luego donada. Si no me equivoco, la compañera más fiel de Rory, reposa en el Museo Nacional de Irlanda.
Willam Rory Gallagher tiene razón. El blues no es bueno para la salud. Mucho menos, el Blues de la Isla Esmeralda.
